domingo, 15 de septiembre de 2013

La parte de los ángeles, Ken Loach

Loach hace girar la historia en torno al whisky, y es que la lucha de clases también se dirime en el ámbito de la dieta, como ya lo había analizado su compatriota E. P. Thompson. El whisky como la ginebra se popularizaron en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX, gracias a la baja del consumo de cerveza (la suba del impuesto a la malta hizo desistir a las familias obreras de su fabricación casera). Hoy en día, la clase obrera inglesa y los jóvenes desocupados toman cerveza, pero apenas saben lo que es el whisky. Tan familiar para sus antepasados al punto de constituir parte de su cultura, se ha vuelto hoy exclusivo de las clases pudientes del mundo que son capaces de pagar millones de libras por una rareza etílica.

Un grupo de jóvenes desempleados de Glasgow, atrapados en el mismo odio -dice Robbie, el protagonista- se conocen en un programa de reinserción social. Henry, un asistente del programa, que no ha perdido la tradición de sus antepasados, despertará en ellos una esperanza de salvación en torno del whisky.

Henry lleva a los jóvenes a una visita guiada en una destilería. Allí, la señorita que oficia de guía les explica el proceso de producción del whisky. La técnica de destilación parece ser -según Loach- una metáfora social. Los diálogos y la historia -brillantemente narrada- nos muestran que las delicias de las que gozan las clases pudientes tienen su origen en lo más bajo de la sociedad. El aroma, la robustez, el sabor frutado, ese dejo de turba en el gusto, son todas excelsas características obtenidas gracias a la descomposición de los ingredientes. Es un proceso maloliente y de una viscosidad sumamente desagradable.

La guía les explica que, ya estacionado el producto, cuando se abre un barril hay un porcentaje de la bebida que se evapora, al que le llaman la parte de los ángeles. La historia de Robbie y sus amigos es sin duda expresión de nuestra sociedad que, como proceso de producción de bienes inimaginado en cantidad y calidad por anteriores generaciones, condena a algunos a devenir excrescencia de fermentación o bien -como Robbie- a acceder a esa parte que se evapora, a esa migaja que -sin querer- cayó al piso. Lo más absurdo de este sistema: sólo una migaja es lo que necesita Robbie para salvar su vida.  




Paula Sch